Gauerdia, Bilbo. No lo he pensado demasiadas veces. ¿Por qué no iba a levantarme de la cama ahora mismo y bajar a la vera de la ría? Seguro que tendría oportunidad de disfrutar de la ciudad tanto o más que en los cinco años en los que la villa me ha acogido. Podría, seguramente, acerme una ligera idea de la esencia intrínseca de la ciudad física, fuera del bullicio del amanecer. El amanecer en Bilbao es cualquier cosa, pero no bonito. El tránsito de miles de cuerpos automatizados en busca de la menor alteración posible en sus vidas cotidianas destruye a cualquiera.
Alguien dijo alguna vez que el universo interior de las personas se puede cuantificar. Por eso, aquí me tienes, una vez más, en la ferviente lucha de conmover, más si cabe, y ampliar el universo interior de los dos, haciedo experimentos como tratar de sorprenderte con textos vulgares escritos en un idioma que no es el nuestro, en vez de dejar que el sueño se apodere de mí y la rutina me convierta en su sirviente al amanecer, en Bilbao.

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